No soy la persona más discreta al momento de tener relaciones, lo admito, me considero realmente escandalosa, me gusta gritar, gemir y a veces hasta decir una que otra vulgaridad y es que, definitivamente hacer el amor con tu pareja, el sexo de una noche y las películas porno no serían lo mismo sin esos gritos y gemidos que bien podrían ser el soundtrack de cualquier momento erótico.
Ahora la pregunta es ¿por qué gritamos durante el sexo? Y es que no somos los únicos, los monos también lo hacen. Un estudio reveló que el 86% de las hembras lo hacen para ayudar a su pareja a lograr el clímax, pues de no hacerlo los machos nunca eyacularía. No soy experta en la materia (en eso de hacer estudios, aclaro), pero desde mi punto de vista; en el caso de los humanos sucede lo mismo, los gemidos suelen ser tan excitantes para el hombre que es muy posible que el sólo escucharlos les provoque una erección o los haga eyacular mientras se tiene una llamada erótica. En el caso de las mujeres, los gritos provienen del extremo placer que nos da el clítoris, pues tiene tantas terminaciones nerviosas que la combinación de placer y dolor, obliga al cuero a exclamar de manera casi involuntaria lo que pasa dentro, digamos que es una señal de que, definitivamente, la estamos gozando.
Hace unos días leí que Caroline Cartwright, una mujer británica de 48 años, fue condenada a pasar 8 semanas en la cárcel debido a las quejas recurrentes de sus vecinos, la acusan de ser excesivamente ruidosa en sus relaciones sexuales. Quienes la han escuchado asegura que sus gritos son tan molestos y fuertes que parece que están matando a alguien y por si fuera poco, no los deja escuchar ni la televisión. A todo esto, Caroline sólo pudo explicar que no logra bajar el volumen de su gritos cuando mantenía relaciones con su esposo.
Por mi parte, seguiré soltando ruidos placenteros; no me importa que mi suegra escuche, que los vecinos me toquen en la pared o se exciten al escucharme y terminen teniendo sueños húmedos conmigo. Ahora, lo único que quiero es salir de la oficina, llegar a casa de mi novio, saludar a mi suegra y decirle “con su permiso… y sin el ¡también!”.